miércoles, 17 de junio de 2015

La utilidad de la ficción


¿Para qué puede servir algo que no es verdad? Muchos podrán llegar a pensar que la literatura no tiene utilidad alguna, dado que nos representa un mundo fingido que dista mucho de nuestras vidas. No obstante, ocurre que a menudo las personas solemos empatizar más con la ficción que con la realidad. De este modo, podemos conocer a gente que llora desconsoladamente con cualquier película o libro que le cuente una historia emotiva y, sin embargo, no derrama ni una lágrima al ver el telediario. ¿Por qué las personas lloran con más facilidad viendo una película que viendo el telediario? ¿Por qué tenemos esa conexión con la ficción que no tenemos con la realidad?


Mientras que la realidad despersonifica, la literatura da historia, nombre y apellidos a aquellas personas sin rostro. Cuando vemos las noticias por la televisión lo que vemos son números: “hoy han fallecido siete personas a causa de una explosión”. Siete personas sin rostro, sin nombres y sin historia. Siete personas que nadie diría que fueran personas, sino un número. Si esa misma situación quisiera contarla una novela, comenzaría refiriendo la historia de cada personaje, adentrándonos en los pensamientos y sentimientos de los mismos, y cuando haya conseguido que seamos ellos, nos mataría, entonces, en una explosión. Nos mataría, sí, porque en ese momento nosotros ya nos hemos identificado con esos personajes, los consideramos como iguales, y podríamos ser nosotros mismos.

Y es que la convivencia del hombre con otros iguales se caracteriza por un proceso de invisibilización por el que cualquier persona que no conocemos se convierte en algo inexistente en nuestra estructura mental. Esto es, es como si esas personas no fuesen reales, como si no existieran; es como si solo nuestra vida, o la de nuestros allegados, tuviesen la particularidad de ser reales. Una obra literaria muy breve que representa bastante bien esta situación es La barca sin pescador, de Alejandro Casona. Se trata de una obra teatral en la que el diablo se le presenta al protagonista para proponerle el siguiente pacto: si da su consentimiento para que una persona desconocida, que vive en la otra punta del mundo, muera, él se hará rico. El protagonista le contesta: «Si la víctima cae lejos, sin que yo tenga que verla, ¿qué puede importarme?» (Casona, 2011, p.73). A ello, el diablo le responde: «Lo esperaba. Para sufrir con el dolor ajeno, lo primero que hace falta es imaginación, y tú no la tienes» (Casona, 2011, p.74). 

En el desarrollo de la imaginación la literatura juega un papel fundamental, pues la lectura es el principal ejercicio de imaginación. Cuando leemos carecemos de referentes pictóricos, por lo que necesitamos crearlos en nuestra mente, imaginarlos. No ocurre esto cuando vemos la televisión, donde la imagen nos es representada y solo tenemos que aceptarla. De esta manera, la posición del receptor-lector es activa, mientras que la del receptor-espectador es pasiva. Por lo tanto, la actividad de la lectura supone un ejercicio único para el desarrollo de la imaginación humana y, por consiguiente, también para el desarrollo de la empatía. Al inicio de la obra Casona escribe las siguientes citas de Jacques Rousseau y Eça de Queiroz respectivamente:

«En el más remoto confín de la china vive un Mandarín inmensamente rico, al que nunca hemos visto y del cual ni siquiera hemos oído hablar. Si pudiéramos heredar su fortuna, y para hacerle morir bastara con apretar un botón sin que nadie lo supiese… ¿quién de nosotros no apretaría ese botón?»                  

«Después me asaltó una amargura mayor. Empecé a pensar que el mandarín tendría una numerosa familia que, despojada de la herencia que yo consumía en platos de Sevres, iría atravesando todos los infiernos tradicionales de la miseria humana: los días sin arroz, el cuerpo sin abrigo, la limosna negada»  

El contenido de la primera cita podemos compararlo con el que nos proporciona cada día el telediario, pues no nos aporta ningún tipo de información de la posible víctima: no refiere su vida ni las personas que dependen de ella. Sin embargo, en la segunda cita sí que se proponen estos paradigmas, por lo que podríamos comparar esta última con el contenido que ofrece al lector la literatura. Si la primera cita fuera una noticia, sería algo así: Hoy un hombre ha fallecido en circunstancias desconocidas. Los expertos afirman que podría tratarse de otro caso de muerte súbita. Si se tratara de una obra literaria, sería La barca sin pescador de Alejandro Casona, y sabríamos que el hombre desconocido, al que el protagonista ha matado, acababa de invertir todos sus ahorros en una barca para dedicarse a la pescadería y mejorar la situación de pobreza de su familia, la cual dependía económicamente de él. 

El problema de esta sociedad de la tecnología y la información es que, paradójicamente, lo que se obtiene es desinformación. En la actualidad, la literatura atraviesa una época de descrédito y deterioro en comparación con aquellas disciplinas inmersas en el ámbito de la ciencia y la tecnología. El arte de las palabras transita un camino solitario en el que progresivamente va aumentando el desinterés de los receptores. El individuo moderno, obnubilado por el progreso económico, menoscaba la literatura argumentando la finalidad estéril de la misma. No es extraño hoy día que alguien argüe que la literatura no construye casas, ni descubre nuevas tecnologías, ni cura enfermos; pero lo que aún no saben esas personas es que la literatura ayuda a construir hogares, a descubrir detalles y a sobrellevar heridas. Para aquellos que opinen que la utilidad de este arte es prescindible, que se detengan a recordar la historia, pues demasiadas molestias se ha tomado la censura a lo largo de los siglos para controlar esta actividad “tan inútil”.

«La furia destructiva se abate sobre las cosas consideradas inútiles: el saqueo de la biblioteca real de Louyang efectuado por los Xiongnu en China, la quema de manuscritos paganos en Alejandría, decretada por el obispo Teófilo, los libros heréticos consumidos por las llamas de la Inquisición, las obras subversivas destruidas en los autos de fe escenificados por los nazis en Berlín, los espléndidos budas de Bamiyán arrasados por los talibanes en Afganistán o también los manuscritos de Sahel y las estatuas de Alfaruk en Tombuctú amenazadas por los yihadistas. Cosas inútiles e inermes, silenciosas e inofensivas, pero percibidas como un peligro por el simple hecho de existir» (Ordine, 2013, p.20).

La literatura es un vehículo de conocimiento, y el conocimiento es un arma muy peligrosa porque permite a los individuos pensar por sí mismos, es decir, ser individuales.


Cuestiones para debatir y reflexionar en el aula:
  • ¿Es necesaria la literatura? ¿Por qué?
  • ¿Ayuda la literatura a desarrollar la empatía?
  • ¿Es buena la ficción para hacernos comprender mejor a los demás?