martes, 28 de octubre de 2014

La escuela del papagayo

A continuación les remito un texto para reflexionar sobre la educación y la enseñanza en las escuelas. Se trata de un precioso cuento del Premio Nobel Rabindranath Tagore (1861-1941), escritor y filósofo bengalí. Se titula La escuela del papagayo:


Érase una vez un pájaro muy ignorante. Sabía cantar, y muy bien por cierto; pero jamás había aprendido a recitar nada de memoria. Solía saltar y brincar alegremente por acá y acullá, dando muestras de carecer de buenos modales. En una ocasión el rajá pensó para sus adentros: "Al fin y al cabo la ignorancia no resulta cosa muy provechosa, pues ya es sabido que el necio ingiere la misma cantidad de alimento que el sabio; pero nunca produce nada a cambio del mismo".

Ordenó, pues, que comparecieran ante él todos sus sobrinos y les dijo que era necesario dar lecciones de dicción al pájaro. Convenido así, se recurrió a los sabios, y estos, ya instruidos, se fueron directamente al grano. Tras un estudio preliminar llegaron a la conclusión de que la ignorancia de los pájaros debía atribuirse a su inveterada costumbre de habitar en nidos miserables. La opinión unánime de los sabios fue reconocer que lo primordial y absolutamente indispensable para la educación de aquel pájaro era construirle y alojarle en una jaula adecuada. [...] Construyóse, por lo tanto, una jaula de oro con magníficos adornos. De todos los ámbitos del mundo vinieron numerosas gentes para admirarla.

- ¡La cultura presa y enjaulada! -exclamaron algunos con el ánimo deprimido. Y prorrumpieron en llanto.

Otros observaron: -Aunque faltase la cultura la jaula continuaría hasta el fin siendo lo que es, ¡una cosa independiente! [...]

Quedóse allí el sabio encargado de cuidar y educar el pájaro. Después de reflexionar largamente, [...] dijo: -Para nuestro objeto nunca sobrarán los libros de texto.

Los sobrinos reunieron una gran multitud de escritores. Estos escribían libros o sacaban copias de otras copias. Y amontonaron tal cantidad de papel que pronto llegó este a una altura inabordable. Y la gente, asombrada, murmuraba:

- ¡Oh, qué inmensa torre de cultura! ¡Cuán elevada es! ¡Su cima se pierde entre las nubes! [...]

Los sobrinos. con febril actividad. se esmeraban en conservar la jaula en buen estado. Y mientras limpiaban y pulían incansablemente, la gente prorrumpía llena de orgullo:

- ¡Este sí que es el verdadero progreso! [...]

Como en este mundo nunca faltan criticones, estos se encargaron de esparcir la noticia, que alcanzó mucha resonancia, de que toda criatura relacionada con la jaula, gozaba de perfecto bienestar, con la única excepción del pájaro. Cuando el rajá se enteró de lo que propagaban los maldicientes, mandó llamar a sus sobrinos y preguntó:

- ¿Qué es lo que ha llegado a mis oídos, queridos sobrinos?

Y los sobrinos contestaron:

- Si vuestra majestad desea conocer la verdad, solicite el testimonio de los sabios y de los artífices, de los escritores e inspectores. La comida es escasa para los criticones; he aquí la razón de que sus lenguas sean tan agudas y afiladas. [...]

El rajá quiso finalmente averiguar en persona la conducta que los empleados de su departamento de educación observaban con el pájaro, y un día se presentó en la gran sala de enseñanza. A través de las puertas llegaron a sus oídos los ruidosos sones de trompetas y gongos, de cuernos y cornetines, de tímpanos y tambores, de tam-tames y tamboriles, de pitos y flautas, de organillos y gaitas. Los sabios comenzaron a cantar a voz en cuello los versículos sagrados al mismo tiempo que los artífices, escritores e inspectores [...] proferían estruendosos vítores. Y los sobrinos, sonrientes, interrogaron al rajá:

- Majestad, ¿qué os parece todo esto?

Y respondió el rajá:

- Me parece imponente el espectáculo, un principio de educación por el sonido.

El rajá mostrábase extraordinariamente satisfecho, y ya a punto de montar sobre su elefante oyó la voz despechada de un crítico que gritaba oculto tras una mata:

- Maharadjá, ¿ha visto usted el pájaro?

- ¡No, verdaderamente! -exclamó el rajá- ¡Me había olvidado por completo de él!

Al regresar preguntó a los sabios cuál era el método que seguían para la enseñanza del pájaro. Los sabios le dieron una explicación y se quedaron grandemente impresionado. El método era tan genial que el pájaro, comparado con él, resultaba insignificante y ridículo. El rajá mostrábase satisfechísimo de ver que la organización carecía de defectos aparentes. Además, no cabía esperar que el pájaro formulase la menor queja. La garganta la tenía tan atiborrada con las hojas de los libros que trataba de digerir que apenas podía musitar una palabra, y mucho menos cantar. 

Al montar sobre su elefante, el rajá mandó a su abofeteador oficial que  le administrara al crítico maldiciente una sonora bofetada en cada mejilla. Todo continuó como estaba, y el desgraciado pájaro, dando tumbos, llegó al último extremo de la locura. Efectivamente, había progresado de una manera extraordinaria, pero, no obstante, se imponía a veces en la escuela el influjo benéfico de la naturaleza, y cuando los claros reflejos de la aurora doraban la jaula, el pájaro aleteaba de un modo lastimero. Y con su débil pico, aun pareciendo increíble, sacudía fuertemente los barrotes de su prisión.

- ¡Qué atrevimiento! -refunfuñaba el guardián.

El herrero con su martillo y su yunque, se instaló en el departamento de educación del rajá. ¡Ah, cómo resonaron los martillazos! La férrea cadena tardó poco en quedar ultimada y con ella fueron sujetadas las alas del pájaro. Los sobrinos del rajá contemplaban la jaula con enojo, y moviendo la cabeza decían:

- A este pájaro le falta sentido común y carece también del más elemental sentimiento de gratitud.

Los sabios, con un libro en la siniestra mano y un puntero en la diestra le dieron al pobre pájaro lo que generalmente suele llamarse lecciones.

El pájaro se murió.

Nadie pudo saber cuándo ocurrió esto ni conocer las circunstancias del hecho. El crítico fue el primero que divulgó la noticia. El rajá llamó a sus sobrinos, y al verles postrados ante él, exclamó:

- Mis queridos sobrinos, ¿qué es lo que ha llegado a mis oídos?

Y los sobrinos contestaron:

- Majestad, la educación del pájaro ha terminado.

- ¿Sabe saltar? -preguntó el rajá.

- Jamás lo consiguió -respondieron.

- ¿Sabe volar?

- No, majestad.

- Traedme al pájaro -ordenó el rajá. [...]

El rajá pasó una mano sobre el cuerpo del pájaro y únicamente crujió el relleno de hojas de libros. A través e las ventanas llegaba el suave murmullo de la brisa primaveral que agitaba las hojas recién abiertas de los asoka. Aquella mañana de abril era triste y desolada.


TAGORE, Rabindranath (1943): La escuela del papagayo y alocuciones en Shanti Niketan (Barcelona, Cervantes), pp. 63-81.